Del camion al streaming: La larga resistencia del acorde y el verso en Mexico

 La llamada canción de protesta germinó en la Cuba de los años sesenta bajo la guía de maestros como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Santiago Feliú y Noel Nicola. Aquel movimiento, bautizado como la Nueva Trova, entrelazó el amor con el compromiso social y la canción revolucionaria, expandiéndose rápidamente hacia Argentina y México. En nuestro país, el género encontró un eco profundo en las aulas universitarias y las juventudes de instituciones públicas.

La escritora mexicana Cristina Rivera Garza retrató de forma magistral la estética y el peso de esa época en su columna Mano Oblicua del periódico Milenio en una edicion del 2012:

“Era casi una ecuación: un joven que exigía lo imposible escuchaba, se diría que casi intrínsecamente, canciones de la trova cubana. Sentimentalismo unplugged. Ya en peñas oscuras o a través de long plays que iban de mano en mano o en cintas magnéticas a las que se les llamaba casetes, gran parte de la educación sentimental de esos jóvenes iracundos se llevaba a cabo junto a cantautores de una masculinidad muy femenina que, además, portaban su guitarra con una delicadeza puntual. No sería del todo impreciso decir que, desde que el corto siglo XX terminó arrumbado bajo los escombros de un muro que había separado lo que en aquellos años se denominaba el primer mundo y el segundo, y especialmente desde que emergió con gran fuerza el así llamado rock en español, los devotos de la canción de protesta o disminuyeron en números reales o se acostumbraron a llevar con bien intencionada discreción su peculiar gusto musical.”

Bajo este influjo, se abrió paso el debate sobre cómo nombrar a los creadores locales: ¿“Trova mexicana contemporánea”?, ¿“Nueva canción mexicana”?, o, para evitar polarizaciones, simplemente “Canto nuevo”. Al final, la premisa era la misma: una guitarra desnudando una vivencia, una inquietud o una utopía social, dejando una huella musical indeleble.

La evolución del asfalto: Del Folk a la Canción Rupestre

Durante los años setenta, una oleada de músicos mexicanos comenzó a asaltar los autobuses públicos para cantar sobre justicia y libertad. A la espina dorsal de la trova cubana se le sumaron el ingenio de The Beatles y el folk combativo de Bob Dylan. Así nacieron propuestas irreverentes e irónicas que incomodaban a la moral de la época: la sátira de Los Nacos, el “guacarock” de Botellita de Jerez, la poética urbana de Rockdrigo González (el profeta del nopal) o el desencanto citadino de Jaime López.

La genealogía de nuestra canción de autor es vasta y diversa. Nombres como Marcial Alejandro, Pancho Madrigal, Gabino Palomares, Jesús Echevarría, Pepe Elorza, Roberto González, David Haro, Gustavo López, Armando Rosas, Gerardo Peña, Carlos Arellano, Daniel Tuchmann, Rafael Mendoza, Víctor Martínez y David Toriz construyeron un puente estético inigualable. Sus estilos desafiaron las etiquetas al fusionar el jazz, el blues y el huapango con el rock, el folclor latino, el corrido, la rumba, el bolero y el danzón.

Posteriormente, figuras como Fernando Delgadillo, Alejandro Filio y el dueto Mexicanto consolidaron audiencias masivas, mientras pilares como Óscar Chávez navegaban con naturalidad entre la canción social y el bolero. Con el tiempo, las nuevas generaciones prefirieron soltar la etiqueta de “trovadores” para identificarse bajo un concepto más amplio y autónomo: la canción de autor.

Resistencia en la era del ‘Streaming’ y los Algoritmos

Si revisamos la raíz histórica, los trovadores y juglares eran los encargados de transmitir las noticias y el sentir de los pueblos, cobijados por los instrumentos de su tiempo. Hoy, en un panorama musical dominado por el streaming, el electro-pop, el reggaeton y los corridos tumbados, la resistencia de este formato acústico sigue vigente.

La periodista Georgina Hidalgo Vivas lo describía con precisión en su artículo “Trova: Tradición ancestral muy a la mexicana”: “Llamada también canción contemporánea, canto nuevo, canción social, canción rupestre o canción de protesta, la trova sobrevive hasta nuestros días como el movimiento musical responsable de preservar la historia de nuestro pueblo, sus glorias, mitos y leyendas.”

Frente a la pulverización de las industrias culturales, los cantautores independientes siguen autogestionando sus espacios. Ya no se trata solo de las míticas peñas de la CDMX o de los estados, sino de foros culturales, plataformas digitales independientes y festivales boutique que logran congregar a melómanos que buscan conectar desde la intimidad de un acorde.

El arte de trovar: Imitación, Verso y Legado

El diccionario de la Real Academia Española define trovar como: “Imitar una composición métrica, aplicándola a otro asunto. Hacer versos. Componer trovas.” Sin embargo, existe una distancia abismal entre la imitación mecánica y el acto puro de la composición.

La imitación, en su sentido más noble, es el motor de la evolución musical. Pensemos en cómo The Beatles adoptaron el melotrón en los sesenta, abriendo la puerta para que bandas como The Zombies, The Moody Blues y The Rolling Stones experimentaran con él. En la década posterior, el instrumento definió el sonido del rock progresivo de Genesis, King Crimson, Yes o el misticismo de Led Zeppelin en piezas como “The Rain Song”.

El cantautor mexicano también nació de la asimilación de influencias externas, pero maduró a través de la innovación y la identidad local. El circuito de la canción de autor en México ha demostrado ser un mercado resiliente y autosustentable. Nombres que maduraron en la independencia, como Edgar Oceransky, Miguel Inzunza o el recordado Gustavo Lastra, demostraron que se puede construir una carrera sólida y respetable defendiendo el estilo propio, al margen de las imposiciones de las multinacionales.
Al final del día, la vigencia de este género no se mide en números de reproducción masiva, sino en su capacidad para conmover en el momento exacto. Cristina Rivera Garza cierra el círculo de esta complicidad sentimental con una estampa nocturna inconfundible:

“…cuando todo lo habido y por haber transcurre con gran lentitud frente a los ojos perdidos de los últimos invitados, cuando la plática se ha transformado ya en un puro embate de susurros y los heridos de pre-guerra se relajan sobre alfombras más bien mullidas, no falta quien se apodere del aparato de sonido y, sin pena alguna, sin consultar a nadie, siguiendo impulsos de franca estirpe dictatorial, empiece a tocar uno tras otro los discos de Silvio Rodríguez. Se trata, claro está, del Gran Momento Kitsch de la velada. Es la hora en que los nacidos hacia el último cuarto del siglo XX se miran de reojo y, cediendo a impulsos tan indescriptibles como consabidos, empiezan a tararear primero y a entonation después las letras que se saben de memoria. Es el momento en que cae en pedazos la coraza de lo cool y se relaja un poco el estudiado distanciamiento del cínico y se muestra, como se dice, el cobre.”

Cinco siglos después, con guitarras de madera o conectadas a interfaces digitales, la necesidad de narrar el alma humana en formato de canción sigue siendo, fundamentalmente, un acto de fe y resistencia.

 

 

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